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  • Crítica Literaria "La Estrella", de Valparaíso.

    Teresa Hamel, escritora de Reñaca. Por Piero Castagneto.

    Pocos meses después de fallecida esta escritora de la Generacióndel 50, hoy poco recordada, aparecen publicadas de forma póstuma sus reminiscencias que llevan el elocuente título de "Reñaca".Tan sorprendente como su aparición es el contenido de este libro bellamente editado, que nos demuestra que este balneario aparentemente tan "joven" tiene un rico pasado campesino, hoy totalmente enterrado bajo la vorágine turística playera.

    Durante una fiesta de disfraces. "Teruca" Hamel está a la izquierda, junto a sus amigos Pablo Neruda y Matilde Urrutia.
    Por Piero Castagneto. Reproducciones fotográficas de Manuel Lema O.
    Una escritora bastante poco recordada, perteneciente a la generación del 50, falleció calladamente el 18 de marzo de 2005: Teresa Hamel. Meses después su nombre reaparece, debido a la edición póstuma de su libro de reminiscencias titulado significativamente"Reñaca" (Bravo y Allende Editores), que además es reveladora en varios sentidos.Decimos que es significativo por la importancia que esta localidad tuvo en su experiencia familiar y vital, pero también es importante para el público lector de nuestra zona. Con el soporte de una bella edición, reforzada por interesantes fotografías, estos recuerdos no sólo son memorias literarias, sino que, más que eso, son un aporte a la historia local de Viña del Mar y esa Reñaca que en el último tiempo ha adquirido arrestos de independencia. Evocaciones que son de indudable ayuda para reconstituir un pasado que aún no se ha escrito por tratarse de localidades jóvenes,y acaso, por juzgarse aún demasiado reciente, aunque en realidad ya no lo sea tanto. Buen ejemplo de su prosa son estos chispazos de una jornada de paseo en Reñaca, que evidencian un estilo literario dinámico y de ritmo inquieto:"Re = agua, ñaca = pozo. En la playa mansa reposa la braveza de la espuma efervescente... Ya se empina encaramándose en caracol con su aliento salino enrollador, la recoge... Huye para tornar confiada a jugar con las burbujas, las pulgas saltarinas, el brinco del reflujo o el canto agonizante de la marea madurando en la orilla. Mientras me careo con el sol, me creo marinista.Me aguardan las anémonas con su chisguete mortal. Penetro en las olas con mi yegua tordilla que respira a pleno viento por sus ollares; se espanta con el desgranarse del círculo o con el retroceder de las jaibas. Las gaviotas graznan alegres y liberadas, nada las asusta; las golondrinas de mar corretean los insectos y estallan los piñones en la hoguera nocturna, mientras danzan las llamaradas cuando se les arroja aguardiente porque la luna grandota y amenazante parece pronta a tragarnos. Dan ganas de bailar en su homenaje". Nacida en 1918, se la adscribe comúnmente a la generación literaria llamada del 50, la misma que cuenta entre los suyos a escritores como José Donoso, Jorge Edwards y Enrique Lafourcade; en lo personal,sus amistades incluían a Ricardo Latcham, Rubén Azócar, Marta Jara y Pablo Neruda. Teresa ("Teruca") Hamel escribió no pocos libros: más de once títulos, sin incluir esta obra póstuma, en su mayoría volúmenes de cuentos ("Gente sencilla", 1951, "Dadme el derecho a existir", 1984, etc.), además de una novela, "Leticiade Combarbalá" (1988), y obras de otros géneros.Ahora bien, el por qué no sea una autora que esté en la mente del público, o las razones por las que no haya sido reeditada, acaso sólo se expliquen por los caprichosos vaivenes de la memoria colectiva. Y así como hay autores en un tiempo célebres que después caen en el olvido, hay otros que, después de un período de estar arrinconados, vuelven a ponerse de moda, incluso después de muertos. Sin aventurar un juicio literario, tal vez esto último sea lo que suceda en un futuro con Teresa Hamel, y es posible que esta edición póstuma contribuya a tal recuperación. Privilegiada y rebelde su caso es arquetípico de la persona que nace en cuna de oro,lo cual le significa ventajas y desventajas a la vez; en su caso,ella intentó inteligentemente sacar el máximo provecho posible de las primeras y minimizar las segundas. Ya desde antes de nacer,por su familia y apellido, estaba destinada a tener una íntima vinculación con esta zona, ya que su padre, Gastón Hamel D' Acunhade Souza (1885-1953), por lo general conocido más abreviadamente como Gastón Hamel de Souza, era un industrial del rubro químicos y combustibles de ascendencia francesa que prosperó en Valparaíso y Viña del Mar. No sólo eso. De militancia política radical, también fue alcalde de esta última ciudad entre 1923-24 y nuevamente entre 1927-29,en una época de gran interés por las obras de adelanto que experimentó esta ciudad. Por lo tanto, anticipamos, este personaje merece tratamiento aparte. Volvió a la Alcaldía entre 1943 y 1944, y este último año fue designado intendente de la provincia de Valparaíso.Volviendo a su hija, "Teruca" desde niña debió arreglárselas por sí sola para superarse y aprender en una época en que la mujer estaba educada en la sumisión y la ignorancia era tan bienvista como la belleza: "A pesar del derroche de millones, nunca tuve un 'Tesoro de la Juventud' ni libro ni diccionario que nos abriera la mollera: nada debía perturbar nuestra inocencia. Esose pagaría caro".Ese precio tan oneroso fue una formación forzosamente autodidacta,al no tener oportunidad de seguir estudios superiores("¡cuánto tiempo perdido!"), pero ya se ha dicho, su sensibilidad no tardó en encontrar su cauce en las letras. Este rasgo atípico en lasmuchachas de su época estaba acompañado de una rebeldía que se manifestó desde su niñez ("divorciada", respondía, cuando lep reguntaban qué quería ser cuando grande), y que en su vida adulta la llevó a adoptar posturas políticas de izquierda, al parecer sin perder nunca un cierto candor que se advierte entre las líneas de sus escritos.La Reñaca rural La Reñaca de antaño era un paisaje agreste, que formaba parte de la hacienda de Viña del Mar antes de que ésta fuese objeto de sucesivas subdivisiones y urbanizaciones. Hasta el siglo XX era a lo más un paraje de paseo de excursionistas, que la recorríanpor lo general a caballo, y en agosto de 1891, durante la campañafinal de la Guerra Civil, presenció los tensos desplazamientos de tropas entre las batallas de Concón y Placilla; tres décadas más tarde, comenzaría la relación del padre de Teresa Hamel coneste lugar.En 1921 don Gastón se hizo accionista de la Sociedad BalnearioM ontemar, constituida el año anterior y destinada a urbanizar Reñaca, y adquirió parcelas de terreno donde después mandaría a construir la casa quinta donde pasó sus últimos años. Eso sí,el avance del nuevo suburbio viñamarino fue lento, hasta el punto que sólo podemos considerarla consolidada en su rol de balneario preferentemente estival, a partir de la década de 1960.Preciso es fijar estos marcos temporales, ya que no hay que leer los recuerdos de esta literata buscando datos o fechas precisas;en cambio, lo que abundan son recreaciones de épocas, atmósferas y sensaciones que produce el entorno reñaquino.De estos párrafos surge una faz sorprendente, incluso insólita, del que hoy es conocido como un balneario veraniego, playero y asociado a sectores acomodados. Esto es válido para las generaciones de décadas recientes, porque la Reñaca que le tocó conocer a esta escritora ofrecía un panorama totalmente contrastante, de playa, sí, pero playa aún sin domesticar, como expresaba en el pasaje arriba citado, y sobre todo, campestre. Algo de la más honda esencia del mundo rural chileno estaba presente,acompañado de una vegetación mucho más abundante, en las colinas hoy urbanizadas y, por supuesto, con su gente arquetípica. Este es el caso representativo de don Pablo Navarro, administrador de la hacienda de Reñaca rescatado del olvido por "Teruca" en éstas y otras líneas: "Era un hombre inmenso, afable, generoso,con una estatura de cacique y un don de caballero digno de ser imitado. Un carácter manso, analfabeto, de prodigiosa memoria,limpio, justo, cordial. Educado, trabajador, celoso de su condición de capataz, tolerante con la peonada que lo amaba a mil leguas a la redonda y donde su nombre se conocía y se veneraba por todos los campos de la provincia".Nostalgias aparecen también otros personajes, como el aristocrático y bonachón Emiliano Figueroa, presidente de la República por breves períodos,primero en 1910 y después en 1925, o Federico "Perico" Vergara,el viajero nieto del fundador de Viña del Mar, José Francisco Vergara, de quien le impresionaba su atractivo ya siendo niña.Este último, además, fue otro de los primeros vecinos de Reñaca,al igual que el británico Andrés Scott, a cargo de la Sociedad Balneario de Montemar.Pero una constante que atraviesa el libro es el retornar, una y otra vez, a las evocaciones campesinas, como las pintorescas cacerías de zorros o "zorreaduras", o la descripción aguda y brutal de las riñas de gallos. Al referirse a la casona familiar,la Quinta Hamel, recinto que ocupa "The Mackay School" desde 1963, se detiene en la vegetación ya desaparecida.Incluso al hablar de su amistad con Neruda y con su mujer, Matilde Urrutia, el recuerdo del poeta da paso a otra evocación campestre,a propósito de relatos que tanto le gustaba escuchar a aquelde labios de "Teruca", como esta descripción de los preparativos para un rodeo al pie del Torquemada:"Esta fiesta se preparaba con antelación. Se llevaba aloja de culén, cola de mono, barriles de vino tinto y blanco, corderos para asar al palo, igual que novillos, sacos de papas, quesos.Y todo adentro de innumerables carretas con varias yuntas de bueyes manejadas por un peón picador, quien iba vestido con ojotas,saco harinero sobre el arremangado pantalón, a veces el torso descubierto, una faja roja a la cintura, un clavo para picar a los bueyes, a los que también les adornaban el yugo entre los cachos con claveles y albahaca. Los organilleros subían a pie con sus catitas y papelillos de la suerte. Todo resultaba muy pintoresco y chileno".

    Publicado el día 10 de Diciembre de 2005.

  • Crítica literaria de El Mercurio de Valparaíso

    Memorias de una literata.

    En "Reñaca. Reminiscencia..." se descubre la personalidad de la autora viñamarina.

    Teresa Hamel no fue una persona común. Su historia se entrelaza con algunos momentos históricos importantes de nuestro país y la región, todo marcado definitivamente por un carácter literario que nunca la abandonó. La escritora viñamarina, fallecida en marzo del presente año, se nos presenta ahora a través del propio relato de sus aventuras en "Reñaca. Reminiscencia de Teresa Hamel", una obra póstuma editada por sus herederos y Bravo y Allende Editores. En este libro no sólo se mezclan las anécdotas familiares, sino también los recuerdos de algunos personajes como Emiliano Figueroa, Pablo Neruda, Julio Cortázar, entre otros. Todos matizados con fotografías de la época, como si fuera un gran álbum. Todo ello no hace más que incentivar la lectura. "Teruca" para los amigos Teresa nació el 20 de abril de 1918, en Viña del Mar. Hija de Gastón Hamel y Luisa Nieto, se casó cuando era una veinteañera con Jorge del Campo y tuvieron dos hijos: Jorge y Andrés. Tras 20 años de matrimonio, la pareja se separó. Su carrera literaria comenzó a despegar con la publicación de su primer volumen de cuentos "El contramaestre", el que fue recibido con gran éxito. En ese momento, comenzó a recorrer los círculos literarios: se hizo socia de la Sociedad de Escritores, conoció a autores como Gabriela Mistral y se hizo amiga íntima de Pablo Neruda. Es así como aflora la verdadera "Teruca", como le decían sus amigos: leal, luchadora, socialista, escritora, amante de sus hijos, con una pasión inmensa por la literatura.Esta mujer, que estuvo al lado de Neruda cuando falleció, se dedicó a socorrer a las víctimas de la represión durante el gobierno de Pinochet. Sus fuerzas la abandonaban, pero no cejó en su deseo de ver la llegada de la democracia, aunque debido a una hemiplejía debía estar en silla de ruedas. Teresa murió el 18 de marzo de este año, y sus recuerdos están con nosotros a través de su libro.

    El Mercurio de Valparaíso, Edición 4 de Diciembre de 2005.

  • Critica Literaria Reinaldo Marchant (Centro Avance)

    Teresa Hamel, artista vital

    Reinaldo E. Marchant

    Teresa Hamel no sólo legó creaciones de alta calidad, sino además fue una constante promotora cultural del país. Dejó huellas imborrables en las casas de Neruda, en agrupaciones culturales, en la Sociedad de Escritores de Chile, en diversas universidades... Teresa Hamel, a quien Pablo Neruda llamaba la “ola marina”, es una narradora destacada en las letras chilenas. Toda su vida está cruzada por circunstancias favorables que le permitieron una formación artística excepcional, rodeada por grandes figuras del arte nacional e internacional, entre ellos el gran poeta que fuera Pablo Neruda, de cuya amistad disfrutó con lealtad inquebrantable hasta el día de su muerte, durante los oscuros sucesos de 1973 en Chile. En 1951 Teresa Hamel se incorpora a la Sociedad de Escritores de Chile, había publicado con gran éxito su libro “El contramaestre”. Benjamín Subercaseaux pronunció en esa ocasión un discurso de bienvenida para Pablo Neruda que venía llegando del destierro. Fue un hermoso discurso pleno de sabiduría humanista que impresionó mucho a nuestra escritora y que sembró en ambos una amistad perpetua. Entre sus amigos se contaron Ricardo Latcham, Amando Casigoli, Ester Matte, Fernando Alegría, Matilde Urrutia y un largo etcétera que más adelante detallaremos. El grupo acudía de forma regular al Nuria, donde Latcham leyó sus cuentos y se entusiasmó con su calidad de inmediato, tomando el relato “El forastero de sí mismo”, para incluirlo en la Antología del Cuento Latinoamericano, publicado por Zigzag 1958. También la motivó a seguir escribiendo y fue quien más la alentó en su carrera literaria.Teresa Hamel fue también muy amiga de Margarita Aguirre, quien la presentó al mundo de los escritores llevándola, por ejemplo, donde Alejandro Jodorosky y Enrique Lihn, quienes habían montado un teatro en un viejo molino abandonado, y establecieron una espontánea relación con la destacada escritora. En 1985 gana el certamen internacional de cuentos, Julio Cortázar, obteniendo el primer premio con su cuento “Dadme el derecho a existir”.Teresa Hamel, novelista y cuentista, realizó estudios en Francia, Estados Unidos y Chile. En la Sorbona siguió estudios de literatura francesa. Obtuvo importantes premios literarios en Chile y el exterior. Viajó por Europa y toda América. Publicó en los principales medios de comunicación de su época. Los grandes críticos de la época como Daniel de la Vega, Claudio del Solar, Angel Cruchaga, Luis Durand, Andrés Sabella, Virginia Vidal, la llenaron de elogios, unos comprándola con María Luisa Bombal, otros destacando su fantasía, surrealismo, gran sensibilidad, energía de sus sueños y alegría creadora.Es autora de valiosos libros, donde destacan: El contramaestre, de 1951 Raquel devastada, 1954 Gente sencilla, 1958 La noche del rebelde, 1969 Verano austral, 1979 Las causas ocultas, 1980 Dadme el derecho de existir, 1985 Leticia de Combarbalá, 1988 Las cien ventanas, 1992 Reñaca. Reminiscencia. 2005La escritora Teresa Hamel formó parte de una maravillosa generación de poetas, soñadores e intelectuales que ella misma recuerda con sentida emoción a través de este libro “Reñaca. Reminiscencia”, su maravilloso libro póstumo que recientemente presentamos en el Café Literario, con José Miguel Varas y Volodia Teiteimboim. Fue parte importante con grandes personajes de la historia literaria de Chile. Su calidad literaria le significó mantener una estrecha relación con Pablo Neruda, Rubén Azocar, Armando Rubio, Isabel Velasco, Manuel Rojas, Francisco Coloane, Camilo More, Nemesio Antúnez, Miguel Serrano, Fernando Alegría, Braulio Arenas, Jorge Edwards, Mariano Latorre, Efraín Barquero, Poli Délano, Walter Garib, Gabriela Mistral, a quien conoció en Estados Unidos, Luis Alberto Mansilla, y otro largo etcétera imposible de enumerar.Para la muerte de Neruda, fue Teresa Hamel quien acompañó a Matilde Urrutia en su lecho de agonía en la clínica Santa María, ayudó a depositar el cuerpo del poeta en el propio ataúd: en este hermoso texto, “Reñaca. Reminiscencia”, aparece junto a Matilde y Francisco Coloane mirando de frente el féretro que contenía los resto de nuestro Premio Nobel.Teresa Hamel no sólo legó creaciones de alta calidad, sino además fue una constante promotora cultural del país. Dejó huellas imborrables en las casas de Neruda, en agrupaciones culturales, en la Sociedad de Escritores de Chile, en diversas universidades. En cada lugar donde participó, lo hacía activamente leyendo sus narraciones, involucrándose en discusiones por mejorar los estímulos culturales, intercediendo ante las autoridades por el valor de los libros, la creación y el desarrollo espiritual de la nación. Cuando la Sociedad de Escritores adquirió su actual propiedad, fue ella la encargada de comprar los muebles con un precario prepuesto. Sobre aquello decía: “ elegí muebles de estilo por ser estos de menor precio que los modernos, además de presentar la garantía de no pasar de moda”. Teruca tenía razón: todos esos muebles se mantienen casi intactos, incluido uno personal, donado por ella, que según su gran amiga Isabel Velasco utilizó para aprender a leer y realizar sus primeras tareas y creaciones, y que hoy utilizamos en cada presentación de libro, o recital poético en la Casa del Escritor. De forma permanente se recuerda su calidad literaria y también su conducta ejemplar humana, solidaria. Teresa Hamel ayudó y defendió a mucha gente durante la dictadura, arriesgando su vida y la de su familia. Un hecho singular en ella dice relación con la preocupación que vivían escritores en situación crítica, sea económica o política. Nunca separó su talento, su alegría, de la realidad por los demás. Teruca, que amaba los secretos de las flores, de los árboles y la Naturaleza, a quien nada le era indiferente, supo abrir los brazos para acompañar las angustias y sueños de los literatos y artistas. Su vida fue una gran novela, un hermoso guión que debemos siempre evocar, donde los personajes históricos son de carne y huesos, la realidad es una constante, y el montaje de los materiales los escribía ella misma en una época que supo de gloria, alegría y tristeza. El cariño real por la cultura, por los escritores y artistas, no los abandonó nunca. Con la mesura, en el silencio y respeto con que tomaba sus decisiones, no se alejó de este mundo sin olvidar el futuro de la Sociedad de Escritores, institución a la que donó un importante terreno en Reñaca, ¿para qué?, para destinarlo a la cultura, al desarrollo de las artes y la imaginación, y que hoy los Directores de nuestra Institución agradecemos de forma pública y con profunda gratitud a ella, sus hijos y amigos entrañables.Teresa Hamel falleció en Santiago el 18 de marzo del presente año. “Reñaca. Reminiscencia” es su libro número doce. Es un extraordinario texto póstumo, que recuerda pasajes importantes de su maravillosa vida y de una época dorada. Fue Pablo Neruda quien definió de manera exacta a esta mujer talentosa, generosa, indispensable. Dijo Neruda de ella: “Se puede perder todo en la vida, menos un dedo de Teresa Hamel”.Si me permiten emular a nuestro gigantesco vate, hoy podríamos decir: los escritores de Chile le deben el homenaje permanente del recuerdo a Teresa Hamel.

  • Critica literaria de Letras de Chile

    R E Ñ A C A, libro póstumo de Teresa HamelFecha Martes, 20 diciembre a las 22:26:36Tema LETRAS DE CHILEEl libro póstumo de la escritora chilena Teresa Hamel (1918-2005), recientemente publicado por la Editorial Bravo y Allende con el titulo: Reñaca, corresponde a lo que llamamos Memorias, en tanto recoge experiencias personales de la autora que abarcan parte medular de su vida. Su prosa llana y sencilla informa al lector desde la perspectiva propia del espectador (testigo).Teresa Hamel escribió y publicó cuentos y novelas que dieron que hablar en su época. Títulos como:“El contramaestre”(1951), “Gente sencilla” (1958), “Raquel desvastada” (1959); “La noche Rebelde” (1969), “Leticia de Combarbalá” (1988); cuentan en su repertorio y autoría. Aunque así como las obras de tantos otros autores chilenos, han sido olvidadas por las vanidades del tiempo, y debieran reeditarse hoy en Chile con el fin de amplificar el espectro de nuestra cultura literaria. Representante femenino de la Generacion del 50’, Teresa Hamel imprimió en sus obras el sentir propio de una época y de la que vendría, despertando la voz de los críticos con aseveraciones del tipo: “La contribución que Teresa Hamel aporta al relato chileno, es adecuada para enriquecer un panorama demasiado ceñido a lo tradicional. Ha creado en ella propiamente lo que podría denominarse inventiva rutinaria para sustituirse por variaciones temáticas de gran potencialidad” (Ricardo Latcham). “Teresa Hamel narra con una facilidad pasmosa. Y sus narraciones tienen el acento caliente de la confidencia. Parece que nos cuenta un secreto.” (Daniel de la Vega). “Teresa Hamel es hábil, sabe que hacer y como hacer. Su prosa llega a la poesía sin recurrir a la “pomada” de Maurice Barres.” (Filebo). En Reñaca, “Teruca” hace un recorrido desde su mas temprana infancia hasta la muerte de Neruda, con quien sostuvo por mas de veinticinco años una amistad entrañable. Y como el titulo directamente lo señala, el libro describe este balneario antes de llegar a convertirse en tal, cuando no era mas que “una playa solitaria, salvaje, de arena blanca “ que formaba parte de una propiedad de su padre. La descripción de la zona abarca prácticamente las dos ciudades más importantes de la quinta región, Viña del Mar y Valparaíso, informando al lector acerca de los albores de lugares hoy de renombre como La Quinta Vergara y el Casino de Viña del Mar y otros. La mirada de la escritora contiene la nostalgia propia del recuerdo, pero sin esa carga de amargura que suelen contener los relatos de quien conmemora “el tiempo perdido.” Teresa Hamel se abstiene de esa clase de nostalgia ya por temperamento o por opción, dejando la ventana abierta para que sea el propio lector quien termine por imprimirle a los recuerdos de la autora el correspondiente polo de afectividad. Así, sus memorias de avanzan por los años, describiendo personajes emblemáticos de la zona y del país. La autora también habla de sus viajes al extranjero y la influencia que tuvieron en su vida y en su formación intelectual. Aunque se trata de una mirada somera, apenas pinceladas como si se tratara de un bosquejo de su propia historia. Las “zorreaduras” y las “riñas de gallos” que flotan en sus recuerdos de infancia, son recreadas en este libro y miradas como simples entretenciones, propias de los hombres de la misma generación que su padre. Lo mismo ocurre con los circos itinerantes que describe, ciertos restaurantes frecuentados por su familia, la moda de la época, sus pequeñas locuras juveniles, etc. El recorrido por la vida de esta escritora chilena es largo y fresco, como la ribera del mar, salpicado con la brizna de las olas de Reñaca. Y acaso lo mas interesante para el mundo de las Letras, son sus recuerdos y alusiones a los intelectuales de la época. Su encuentro con Gabriela Mistral en 1946 en Nueva York, con Neruda, por supuesto, Braulio Arenas, Jorge Edwards, José Donoso, Roberto Matta, Miguel Serrano, Jaime Castillo Velasco, Luis Thayer, Fernando Alegria...Es decir, los mas conocidos escritores de la generación del 50’ y otros mayores. Las fotos del libro revelan momentos memorables junto a Ricardo Latcham, Francisco Coloane, Rubén Azocar y Armando Cassigoli, Isabel Velasco, Ester Matte... Su amistad con la escritora tempranamente fallecida Marta Jara, merece capítulo aparte por la cercanía que la unió a ella y por la admiración que Teresa Hamel sintió por su prosa. Lo mismo ocurre con Neruda, a quien, según cuenta, conoció estando de visita en Michoacan cuando todavía vivía con la Hormiguita (Delia del Carril), hasta convertirse para el Poeta y, posteriormente, también para la propia Matilde, en una amiga entrañable. Así, Reñaca se convierte en un libro de interés para todo lector ávido por conocer los círculos y amistades de los escritores de la época que describe, sus sueños, locuras y vanidades. Se trata, sin duda, de un historial privado que gracias a la generosidad de sus hijos circula hoy en Chile. Y, todavía algo más, Teresa Hamel mantiene una distancia suficiente con lo narrado para que otros puedan participar de ella, sin esos velos o esa tinta con que muchos esconden o pintan su historia.

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  • Prsentación de José Miguel Varas

    Invocación de Teresa Hamel

    Al recordarla viene a mi mente la palabra “fina”. Hablo con hombres y mujeres que la conocieron. Ante todo dicen: “fina”.
    Su finura, esa sensación que producía es algo dificíl de definir: emanaba de su rostro, bello y fino, de frente despejada y grandes ojos. Emanaba de sus cabellos, de su cuerpo, de su manera de vestirlo. Era también, y sobre todo, una cualidad de su espíritu, que se manifestaba en sus actitudes, en su voz, en su manera hablar y de mirar.
    Surgen otras calidades suyas o tal vez variantes de la anterior: era elegante, natural, discreta, inteligente. Más bien silenciosa. Pero su silencio no era pasivo ni sumiso. Su mirada era penetrante uno sentía que iba más allá de la superficie. Siempre me pareció una mujer muy libre, crítica, independiente. Así lo confirma con gran fuerza su literatura.
    La vi por primera vez en los años 60, no puedo precisar el año pero en todo caso fue antes de 1966. Como otras veces, yo había llegado a la casa de Neruda que él llamaba La Chascona, en calidad de reportero, para entrevistarlo. Al final de la faena, como otras veces, me dijo: “Quédate a almorzar”.
    Nos sentamos a la mesa que estaba y está en el comedor del primer piso, donde hay o había, según mi recuerdo, entre otros elementos decorativos, una bella pirámide de grandes cabezas de ajo, muy blancas, en una fuente de plata. Los comensales éramos Neruda, Matilde Urrutia, el escritor cubano Alejo Carpentier, Teresa Hamel y el reportero. Sí, esa fue la primera vez que la vi, con sus ojos y sus cabellos y su vestido color miel, y me costaba apartar la vista de ella.
    Carpentier, robusto y moreno, acaparó desde el primer momento la conversación. Tenía una recia voz de barítono y hablaba con erres gangosas, no con acento cubano, sino francés, tan marcado como el de Julio Cortázar. Se habían conocido con Neruda durante la guerra civil española. Ambos participaron en 1937 en el famoso congreso de Valencia, de los escritores contra el fascismo. Pero esa tarde no hizo recuerdos de aquel tiempo, ni habló de la revolución cubana, entonces reciente, sino que se lanzó a una especie de viaje verbal vertiginoso y multicolor por las islas del mar de las Antillas. Nos llevó, como en un vuelo a baja altura, por sobre inmensas plantaciones de caña de azúcar, hileras de palmas cimbrantes, pájaros azules, rojos o de color azufre, peces voladores, mariposas tan grandes como una mano grande, colinas de tierras rojas, mercados saturados de olores capitosos, mujeres negras con pañuelos a la cabeza junto a canastos desbordantes de piñas, guayabas, cocos y papayas, de flores y frutas tropicales desconocidas, montes de materias vegetales en descomposición, por sobre puertos ennegrecidos por derrames de petróleo, amontonamientos de cuerdas, anclas oxidadas, sacos de mercancías, negros sudorosos, descalzos, de torsos desnudos, cargando y descargando enormes racimos de banano, y otros bailando y cantando cantos de fiesta, de pena o de santería junto a sus chozas de paja. Se paseó y nos paseó por Haití, Guadalupe, Martinica, Cuba, las grandes y las pequeñas Antillas, las islas de las especias. Intercalaba palabras y frases difíciles de comprender en el francés créole de Haití. Hablaba de la revolución francesa en el Caribe, del sueño republicano de Toussaint l’Ouverture, etc.
    Lo escuchábamos en silencio, Teruca callaba y lo miraba pensativa, Neruda escuchaba con la cara un poco inclinada, apoyada en una mano, también la Patoja. Sólo Carpentier hablaba y hablaba desplegando su enorme tapiz sonoro, total, hipnotizante. Y un poco abrumador.
    ¿Es una impresión mía equivocada, una idea formada a posteriori? No lo sé, pero en cierto momento me pareció que aquel despliegue de elocuencia fatigaba un poco a Teruca; creí ver o sentir en su rostro un leve matiz de ironía, tal vez un asomo de sonrisa y cierta severidad en su mirada. Pensé que podía ser temible, por su capacidad de penetrar en la psicología de los otros.
    En ese tiempo conocía muy poco de su obra. Había leído “El contramaestre”, su primer libro de cuentos, que había motivado elogios entusiastas de los críticos más prestigiosos: Daniel de la Vega, Ricardo Latcham, Subercaseaux, Sabella. Sobre todo el cuento “Puerto”, que en pocas páginas tiene la densidad de una novela y nos hace sentir Valparaíso y compartir la vida apasionada y difícil de sus habitantes, por cerros y callejuelas.
    Más tarde leí otros de sus cuentos. “Raquel devastada” es uno de los más perfectos que se hayan escrito en Chile, con su estilo impasible y lacónico, cuya aparente frivolidad va preparando a través de diálogos banales la tremenda explosión trágica final gatillada por tres palabras escuetas. “La rucia Guzmán” es un drama del mundo popular en el que la escritora incursiona con seguridad, de manera convincente.
    Varios críticos coinciden en valorar la pasmosa fluidez de su prosa. Daniel de la Vega dice: “A cada episodio que escribe le pone alas. Agil el diálogo y chiquita la descripción. Sus descripciones son certeros bocetos, breves esbozos para no impacientar al lector. Con cuatro palabras nos presenta una casa o nos confìa un estado de alma. Siempre va muy rápida, siempre lleva prisa de llegar a la página final. Dan deseos de sujetarla de un brazo. -No corra tanto, Teresa”.
    Hernán del Solar afirma: “Una de las más destacadas características de esta escritora consiste en el manejo de la narración. Es en ella natural, fluye espontáneamente, sin que las palabras se le resistan, son obedientes a su voluntad”.
    Los clasificadores la incluyeron en la generación del 50, de la que forman parte Jorge Edwards, Claudio Giaconi, Armando Cassígoli, Guillermo Blanco, Margarita Aguirre, José Donoso. Tal vez algunos rasgos de su obra la emparentan con aquel grupo de escritores, vastante diferentes entre sí. Pero diría que en esencia no es encasillable.
    En 1980 un viajero que llegó desde Chile me llevó a Moscú, donde yo pasaba mi exilio, un ejemplar de “Verano Austral”, recién salido de la imprenta. Su lectura me produjo una fuerte impresión. Es cierto que en el exilio todo lo que contribuye a evocar la patria lejana adquiere una intensidad particular. Pero aquí había algo más.
    Desde las primeras líneas, la fuerza de aquellas páginas sobre Chiloé, la Patagonia y Tierrra del Fuego –regiones entonces más exóticas para mí que Rusia- me sacudió como un ventarrón de las Guaitecas. Este libro es una colección de crónicas, esencialmente literarias, -aunque adquieran por momentos un carácter periodístico- con vívidos retratos de personajes de vidas precarias, que sobreviven en medio de privaciones y de una naturaleza áspera y con frecuencia hostil, pese a la fertilidad de la tierra y a la riqueza de los recursos del mar. Los hombres y mujeres de Chiloé han vivido siglos de aislamiento y han desarrollado una fuerte cohesión social y un modo de vida original, en el que se mezclan formas de convivencia, costumbres y decires arcaicos y donde ir de las islas al continente es “ir a Chile”.
    Teresa Hamel descubre y observa esta realidad con ojos frescos y por momentos registra en rápidos apuntes antropológicos expresiones y usos locales. Anota, por ejemplo:
    *A los muertos se les colocan dos cajones, el de adentro mejor hecho. Lo velan, le rezan, se come y beben chicha. Se trenzan coronas funerarias de papel.
    * Las frazadas las lavan restregándolas con los pies.
    * La mujer lleva al apa al hombre desde la barca fin de impedir que se moje si lleva botas.
    * El hombre y la mujer, cuando van calzados y no se quieren mojar los pies al dejar el bote, entierran el remo en la arena y saltan a tierra por el aire como en garrocha.
    Algunas maneras de decir:
    *La viuda se dice a sí misma huérfana.
    *No lo escatimé: le presté el hijo a la abuela.
    *Mandó a buscar a su hermana para que le diera sudor, porque ella estaba enferma.
    *¡Cristiano! : gritan cuando se enojan.
    *Lo reconocieron los curiosos: los médicos.
    *Saqué papas sin destino: saqué demsiadas papas
    *Con dos barriles de chicha teché una casa.
    *¡Catay!: exclamación que denota asombro
    *Lo sembró postrero: tardío.
    La escritora demuestra una sorprendente capacidad para identificarse con las vidas ajenas, sobre todo las de aquellos seres desposeídos y esforzados del mundo popular, en quienes descubre energías ocultas, capacidad de violencia y de ternura, finura en los sentimientos a pesar de la rudeza.
    Su novela “Leticia de Combarbalá”, que tiene evidentes rasgos autobiográficos refleja, mejor que cualquiera otra publicada en Chile, el clima de los años 70, el tiempo turbulento de esperanza, generosidad, conspiración, rabia y confusión de los mil días del gobierno de Salvador Allende. Pero no es una novela política. Lo que está en el centro son las relaciones entre una mujer y un hombre, una mujer y dos hombres, contradicciones, dudas. la violencia y las oscilaciones de los impulsos y los sentimientos; y entretejido con la peripecia personal, el conflicto mayor, la presencia de la historia, de la cual en fin de cuentas nadie podía evadirse, nadie podía mantenerse al margen. Y en el centro, esa mujer “de la clase alta que hace de su vida lo que quiere hacer”, según la acertada definición de Maura Brecia.
    Novela extraordinaria que, al parecer, tuvo escaso eco en la prensa y es poco conocida en los medios literarios. Tal vez, entre otras cosas, porque apareció en aquel año decisivo de1988, marcado por el ocaso de la dictadura y por el plebiscito que finalmente terminó con ella.
    Durante los años del exilio, mi mujer, Iris, tuvo la posibilidad de viajar en varias ocasiones de Moscú a Santiago. Al regreso, en sus relatos, el nombre de Teresa Hamel aparecía con frecuencia. Iris iba siempre a visitar a Matilde Urrutia, en la casa de Isla Negra o en La Chascona. A su lado encontraba siempre o casi siempre a Teruca, con su sonrisa y su invariable serenidad.
    Matilde y otras personas le hablaron de su extraordinaria entereza. Teresa Hamel nunca demostró el más mínimo temor, aun en los tiempos más oscuros del régimen. Prestaba ayuda sin vacilar a los perseguidos. A varios de ellos los acompañó a pedir refugio en embajadas extranjeras. Visitaba a los detenidos, les llevaba frutas, mensajes de sus familiares, les llevaba sobre todo su sonrisa y su voz de aliento. Se entrevistaba altivamente con los funcionarios de la dictadura para exigir noticias sobre el destino de personas desaparecidas. Iba con frecuencia a la casa de la Sociedad de Escritores uno de los pocos espacios de libertad en aquellos años. En 1984 participó activamente, junto a Matilde, en la organización del acto público efectuado en el Teatro Caupolicán de Santiago para conmemorar los 80 años del nacimiento de Neruda.
    En su novela mencionada, “Leticia de Combarbalá”, relata en páginas estremecedoras la terrible experiencia del derrame cerebral que la afectó y que la dejó temporalmente reducida a la inmovilidad y a la mudez. Aquí ya no hay ficción, sino realidad:
    “Yo ya sé: un ataque al cerebro, voy a quedar mal [...] Todo me producía risa, encontraba todo cómico, absurdo. Me encontré de pronto incapaz de moverme normalmente. [...] Y sabíamos que era una embolía. La gota de sangre que se atascaba, la parálisis y el silencio. Y la mudez fue creciendo, extendiéndose, imvadiendo los campos, traspasando horizontes, anegando todo aquello que ambicioné y no logré. Lo que se quiso vivir de felicidad y se frustró”. En estas circunstancias su amiga Matilde no falló. Tal como Teresa había estado a su lado en las horas de la muerte del poeta y los tiempos difíciles que siguieron, la Patoja, como la llamaba Neruda, “llegaba hacia mediodía a la Clínica, se sentaba a la orilla de la cama y comenzábamos las dos a reirnos. Hablábamos sin cesar, en forma incomprensible, lo que nos provocaba hilaridad”.
    De regreso en Chile definitivamente, en 1988, vi a Teresa Hamel varias veces en reuniones de la Sociedad de Escritores. Se me ha quedado clavada su imagen final, casi inmaterial, de una palidez lunar, como la de una viajera lejana vestida de blanco, en un viejo álbum, apoyada en sus bastones, con una mirada infinitamente triste.

    Pero no. No quisiera que esa imagen se quedara en nosotros. En el bello libro “Reñaca. Reminiscencia de Teresa Hamel”, que inicia esta tarde su camino, predomina un clima luminoso, solar, palpitan la evocación de una infancia, una adolescencia y una juventud felices, cuando Reñaca era una gran extensión rural a orillas del mar y todo estaba por hacer. Aquí está la crónica familiar, desde el recuerdo más remoto, de aquel presidente, como de cuento, don Emiliano Figueroa, con colero, barba blanca, colorados cachetes e iris celestes que la tomó de la mano en el día de la inauguración del camino de Reñaca a Concón; están los huilles agitados por la brisa marina, los chaguales floridos, las campánulas, las campánulas, los cactos en flor, las gaviotas y la banda que tocaba la Canción Nacional. Están las gozosas decripciones de aquella playa solitaria, salvaje, con golondrinas de mar, la emociòn de la niña que penetra en las olas en su yegua tordilla, y la boya que aúlla y los piñones que estallan en la hoguera nocturna.
    Están los personajes de la leyenda familiar. Federico Vergara, más conocido como Perico, con fama de seductor. Para la niña Teresa, un príncipe:
    “Debo haber tenido siete años esa vez, cuando lo vi, y me preguntó: ‘¿Qué piensas ser cuando grande?’
    ‘¿Yo? Divorciada’, contesté de inmediarto, tal vez con la intención de conquistarlo.
    Las historias del padre, don Gastón Hamel, con sus empresas y su inagotable afán de construir parques y jardines y obras de progreso; de la madre; de la maravillosa mama Teresa y el desgranar de los intensos recuerdos infantiles, preservados para siempre por esta prosa envolvente y plástica, que evoca por momentos la de Marcel Proust en la búsqueda del tiempo perdido:
    “Durante el mes de María nos mecíamos en las hamacas mientras la voz sincopada de mi mama entonaba las oraciones. Lo importante era la tibieza emanada de su regazo; el comernos las uñas; el brasero y la hallulla; el manjar blanco, el dulce de membrillo y la aloja de culén, los dátiles pendían de la palmera con un zumbar de abejas y de moscas, mientras partíamos a la Quebrada de la Burra, la vertiente murmurante corría entre la yerba del platero y la crujiente hojarasca”.
    Cuadro de un tiempo de inocencia y felicidad, de costumbres chilenas campesinas, de carruajes tirados por cuatro caballos, cacerías de zorros, riñas de gallos. Presencia de pájaros, como los enigmáticos tululos, de los que nunca oí hablar, “pájaros escasos, mezcla de canillas largas, rojizas y picos puntiagudos” que cazaba el padre y que, nos informa Teruca, “ya muertos, se los colgaba del cogote y sin destriparlos durante tres días. Se les sacaban los intestinos, los molían, les agregaban cebollines finitos, perejil, ajo, ciboulette, unas tostadas con mantequilla y se sazonaban con los interiores, abonándolos con coñac”. Asegura la autora que “en fricassé eran exquisitos”. No hay por qué ponerlo en duda.
    Y la irrupción de realidades externas más crudas. La destilación de petróleo y el final de la empresa por la interferencia de las compañías extranjeras. El levantamiento de la marinería.
    Los múltiples aprendizajes, el viaje a Francia. El matrimonio, los hijos, las grandes amistades: Neruda, Matilde, Marta Jara, Nargarita Aguirre, Armando Cassígoli, Gonzalo Toro, otros más; y también El Quisca, peón de ojota, jardinero inolvidable de voz cristalina.
    Un Chile y una Reñaca de antaño, tan diferente de hoy. La infancia, la adolescencia, la juventud y los años de madurez de la escritora reviven en su “Reminiscencia” como un canto poético de infinito amor a la vida, que tal vez sea, en fin de cuentas, la clave esencial de la existencia de esa mujer tan bella, tan íntegra, tan libre y tan fina, llamada Teresa Hamel.

    José Miguel Varas
    25.11.2005

  • Presentación de Volodia Teitelboim

    TERUCA VUELVE

    Siendo un lector antiguo de Teresa Hamel, no puedo jactarme de haber estado en la primera línea de sus amistades. Pero durante largos años de conocerla percibí ese atractivo, el encanto que emanaba de su jovial personalidad e impresionaba a sus admiradores. No lo generaba sólo su fama de buenamoza con gracia. Trasmitía una sensación de bondad, de belleza sin alardes, de humanidad luminosa, acogedora, simpática. Hacía más grato el clima de su entorno y la conversación fluía con deleite. Era de una amabilidad natural que mejoraba el ambiente, generando alrededor una impresión de agradable bienestar, de amistad generosa y sonriente.

    La novedad de una obra póstuma
    Alejados debido al exilio forzoso, dejé de verla en sus últimos años. Verdaderamente lo sentí. ¿Decidió permanecer afrontando los riesgos en el país sumido bajo el toque de queda, el apagón cultural, la oscuridad obligada, donde todo podía suceder? Había que reencender algunas luces, cosa peligrosa.
    Ahora deseo saludar a su hijo, a todos sus familiares, a los demás presentes, entre los cuales se encuentran muchos amigos de ella.
    Leyendo esta Reñaca, Reminiscencia, obra póstuma de Teresa Hamel, reconozco que, aunque creía conocerla regularmente bien, los hechos evocados por su último libro me la completan en forma notoria como protagonista de facetas desconocidas. Vivió una existencia nada vulgar, testigo vivaz y escribiente de muchas páginas hasta entonces inéditas. Éstas proyectan una imagen, rememoran un perfil de la historia del país. Fue una cronista, una observadora serena y límpida de su época. Su estilo es ameno, sutil y concreto. Reproduce hechos, aventuras, cualidades humanas valerosas, paisajes y acontecimientos que merecen ser salvados del olvido.

    Releer su obra
    Su creación literaria es copiosa. Contiene un historial de experiencias, de visiones colectivas, de anhelos, de sueños íntimos y colectivos.
    El prólogo de Luis Alberto Mansilla, como todo lo suyo, es sustancial, acertado e informativo. Va llenando vacíos sobre la trayectoria, la vida y la obra de la múltiple autora. Registra el “largo viaje” de una existencia creativa, repleta de buenas vibras.
    Hagamos algo para que sus libros sean más leídos. Sus cuentos de Negro, Raquel devastada, sus novelas La noche del rebelde y Leticia de Combarbalá; las narraciones de Dame el derecho de existir y Las cien ventanas no deben ser relegadas en el sótano, ser una más entre las incontables y aberrantes amnesias en esta tierra excedida de olvidadizos excluyentes.

    La necesidad del recuerdo
    “Reminiscencia” es un libro de memorias singulares. Y algo más. Narra y describe la atmósfera de la llamada clase alta. Pinta ámbitos exclusivos. La opulencia del hogar no ciega en ella la mirada con matices reveladores, hace una descripción sensible de ese ambiente privilegiado. Es un Chile que nosotros entrevimos desde fuera, en la lejanía. Teruca ha evocado en forma directa y veraz sus interioridades.
    La sigo viendo como la eterna muchacha amable, gentil. Tengo la impresión que durante los 87 años que alcanzó a vivir conservó, salvo en contados períodos de graves dolencias, cierto aire joven.
    Dejó once libros como legado al presente y el futuro. Cumplió su misión con largueza. Hizo una vida intensa, donde hubo casi de todo: amor, dolor, matrimonio, hijos, creación, amistad. Era una bella realmente modesta. No le gustaba acaparar el primer plano. Si se la notaba alguna vez se debía a cierta espontaneidad que trasmitía sin proponérselo.
    La marcó de algún modo la época y el lugar donde nació. Esa Viña del Mar adolescente y prometedora de 1918, cuando en Europa comenzaban a callar los cañones de la Primera Guerra Mundial. Murió hace poco, en este 2005, un año que nos golpea subrayando que la vejez y su corolario mortal existen y llegan.

    Estampas de otro tiempo
    Su padre, Gastón Hamel, fue un inventor tenaz, un químico distinguido, precursor del progreso en un país entonces de gran retraso, con algunos pocos visionarios que querían industrializarlo.
    Su vocación pública lo llevó al cargo de Alcalde de Viña e Intendente de Valparaíso. Y también a ese lugar entonces agreste que da el nombre a este libro.
    Ella vivió en París parte de su infancia. No es extraño que esa ciudad tenga para Teruca un magnetismo que la impulsa a regresar cuando puede.
    Destaca personas y personajes sobresalientes de esos días. Traza los retratos con buen pulso y pupila libre, incluso con ironía, sobretodo cuando perfila a ciertos famosos. Por ejemplo, al fugaz presidente de su primera infancia. “Yo era muy chica, debo haber tenido cuatro años, iba de la mano de don Emiliano Figueroa. Jamás había conocido a un presidente con colero, barba blanca, colorados cachetes, iris celestes, simpático, en chaqué de cola y en el ojal un sorprendente clavel traído de La Serena”.
    Era un político y un elegante vividor del novecientos. Lo fotografía con buena leche. Imagen pintoresca, “de circo”, dice Teruca. “Me pareció un gigante de banda terciada tricolor. Lo hallé bastante encantador. Con él de la mano, me sentía segura”. Todo esto fue en la inauguración del Puente de los Piqueros. Así, sin solemnidad va brotando la historia de Reñaca de entonces, “playa solitaria, salvaje”.
    Eligió un buen lugar para nacer, en una hacienda comprada por su padre cuyo nombre era Viña del Mar. Lo proclama con júbilo: “en esa región poética nacería yo un sábado de Gloria, con perfume a heliotropo, a lluvia de chaya y a baldes de agua”. Otro elemento de aquel panorama boscoso cuyo nombre una vez al año da la vuelta al mundo, es la Quinta Vergara.
    Tuvo una educación con traslados cosmopolitas. En París, Viña, en la Universidad de Nueva York, en la Sorbona. Descubre en el mundo de la época cosas para volverse loca. La literatura, el cine, el teatro, la decoración, el “New York Windows Display”, una decoración de vitrinas llamativas dentro de la gran manzana. Pero sobre todo busca la buena amistad de poetas y prosistas, de “artistas que hicieron suyas las luchas de su pueblo”, agrega.

    Auténticos viajeros
    Generalmente las creaciones literarias entretejen historias de vidas con alguna complicación. Teruca recuerda variados temas y viajes. Es trotamundos desde pequeña. Los auténticos viajeros son los que saben mirar. Como la familia era de fortuna, le posibilitó desde muy chica frecuentar instituciones culturales. Recibió luces que casi siempre eran más brillantes que las de Reñaca. Las ciudades en que permanece durante años son de estudio y formación intelectual.
    Tiempos de constantes descubrimientos y también de algunas tristezas hondas. Esos ires y venires por Europa y Estados Unidos irán aprovisionando lo que almacenó en su memoria. También América Latina gradualmente le va mostrando sus realidades, sus riquezas, sus flaquezas, su naturaleza tan rica y los harapos del pobre. Poco a poco irá auscultando sus problemas. Aunque su existencia pudiera creerse en cierto momento la travesía dorada de una pequeña aristócrata sometida a los prejuicios de su mundo, no es así con Teruca.

    Humanidad, inhumanidad
    El libro recoge testimonios sobre una humanidad contradictoria. O sea, también rasgos de la inhumanidad. A ratos su aguda pupila es tan rápida como las imágenes del cine retratando el campo de otrora y la urbe apresurada. Pero es también un relato de afectos, reflexiones y miradas críticas propias de un espíritu artístico. Son recuerdos y sensaciones, fragmentos de sus andanzas. Desde luego no abarca todo. Pero la obra literaria siempre se alimenta de una mezcla de realidad e imaginación, incluso de los mitos de la época. Trasciende los límites de la historia oficial.
    Como todos los mortales, Teruca sufrió penas grandes, a veces desgarradoras como las de perder un hijo.
    El libro a ratos es cruzado por un aire emocional, que, sin embargo, no distorsiona lo que describe. Nunca la persona es presentada de modo maniqueo.

    Metamorfosis de la hacienda
    Hay algo de espectacular en la metamorfosis de la vieja hacienda de Reñaca, punto de partida del balneario, hoy de moda. El litoral circundante va sumando localidades de recreo atestadas en la estación estival. De algún modo esa transformación no tan paulatina de Reñaca y su vecindad suma una leyenda de cambios vertiginosos. Los que imaginan el primitivo proyecto y lo promueven son pioneros. No edifican solo ellos. En ciertos casos, casi siempre la mano de obra la pone el pueblo, el constructor anónimo.

    La caza del zorro
    No faltan en ese ámbito violentos deportes importados, prácticas señoriales un tanto salvajes, trasladadas de escenario, como la caza del zorro. (Hoy se la pretende suprimir en Gran Bretaña, su patria de origen) La descripción de Teruca Hamel es colorida y un poco horrorizada. Hay en dicha “diversión” dosis de crueldad, por no decir crueldad sádica ultra civilizada. La algarabía de los perros, el toque agudo de las cornetas de cacería, tanta barbarie distinguida, se matiza con la nota exótica y estetizante de doce pianos instalados “en la cresta de los cerros, traídos en carretas, al paso de los bueyes”, produciendo esa mixtura insólita de épocas, de choques de sensibilidades. Algunos de los participantes no vacilaban en entusiasmarse con los toneles de vino, chicha; con arrollados y malayas, para festejar la proeza ecuestre de la caza del zorro.
    Como si fuera poco la imitación de los placeres de los lores, la sangrienta culminación criolla aporta un avicidio. Son las riñas de gallos, que repugnan a la narradora.
    La “fina” barbarie de “los exquisitos” también suele trasladarse de la pelea de gallos a la represión cruenta de la sublevación de la marinería. La pequeña Teruca contempla alguna de sus escenas de castigo, como si asistiera a un espectáculo educativo, a la exhibición de los “gallos” derrotados a cañonazos y bombardeo aéreo.

    El amor, la amistad, casi siempre
    El amor la anda buscando. Se casa con el arquitecto Jorge del Canto Rivera, un buen mozo de la época. El matrimonio no va a inmovilizar la vida de esta traslaticia por naturaleza. En Nueva York conoce a Gabriela Mistral, quien celebrará lo andariega, lo “patiperros” y lo vagabundos que suelen ser ciertos chilenos.
    Va a encontrar una amistad de veras sólida, entrañable y cómplice, afín, de carácter a ratos juguetón con Pablo Neruda. Dos temperamentos bien diversos hechos para defenderse con humor ante la tragicomedia de la vida. Se encuentran para bromear y planear acciones útiles, en especial para la Sociedad de Escritores. Supieron buscar la alegría, conversándola a fondo, hasta que llegó el sufrimiento. En la hora final del poeta ella termina sollozando mientras arranca a su amigo Pablo la última leve sonrisa del que se va. Son los momentos del adiós.
    Fue mujer que cultivó fraternidades como necesidad vital. Entre ellas con gente madura, pero también con miembros de la generación siguiente, por ejemplo, el escritor Armando Cassigoli, quien murió joven. Fue también amiga del alma de una fina y calificada novelista, que vivió parte de su vida en Argentina, Margarita Aguirre.
    Ricardo Latcham, crítico y maestro avizor, descubridor en Chile de la literatura de América Latina y de sus autores más significativos, también advertirá tempranamente en Teruca a la cuentista de veras.
    Ella hizo del encuentro coloquial un arte de la vida. Entre muchas otras amistades tuvo por interlocutora a una escritora dignísima de todos los prestigios, Marta Jara, autora de libros tan valiosos como El vaquero de Dios y Surazo.

    De tú a tú
    Reñaca, Reminiscencia merece un recordatorio necesario y un lugar sin mezquindad dentro de los anales de las letras chilenas.
    El 18 de noviembre de 2005 por la mañana leo en el diario que el progreso se acelera y llega hasta los tradicionales campos de antaño donde Teruca vivió una infancia rodeada por la inocencia, por lo rural. La información se titula: Reñaca, sede del cerebro. Anuncia que ese día comienza allí la tercera versión del simposio internacional titulado “La biología del cerebro y sus desórdenes mentales”, que se realizará en Reñaca hasta el domingo. Participan cerca de 30 científicos, quienes ahora encabezan las principales investigaciones en neurociencia, neurología y psiquiatría. Un cerebro cubierto de nervios mañana parte de Nueva York para ser exhibido en Reñaca. Advierto casi sin asombro que dos lugares claves en la vida de Teruca Hamel –lo pequeño y desconocido y la urbe grandiosa, Reñaca y Nueva York- se dan la mano para compartir experiencias de nivel mundial, como tuteándose, de tú a tú. Creo que ella de saberlo tampoco se hubiera extrañado. Porque nada la sorprendía en demasía. Era una mujer del futuro.

    Volodia Teitelboim
    Café Literario, Santiago
    Noviembre 2005

  • Reñaca, Reminiscencia de Teresa Hamel

    En el Café Literario de Providencia y con nutrida concurrencia que repletó sus instalaciones, se efectuó la presentación del libro “REÑACA, Remiscencia de TERESA HAMEL” libro que contiene las memorias de esta destacada autora, integrante de la Generación del 50, fallecida en Marzo último. La obra fue prologada por el periodista Luis Alberto Mansilla y editada por Bravo & Allende Editores.
    Hicieron la presentación, el Presidente de la Sociedad de Escritores de Chile, Reinaldo Marchant, y los destacados narradores José Miguel Varas y Volodia Teitelboim.

  • Teresa Hamel

    TERESA HAMEL
    20.04.1918 / 18.03.2005

    La escritora Teresa Hamel, destacada exponente de la “generación del 50”, se educó en el Colegio “Saint Geneviève” (París) y en las “Monjas Francesas” (Viña del Mar), y más tarde en “New York Windows Display”, de la Universidad de Nueva York. Sus variadas aptitudes la hicieron tomar cursos de Literatura, Teatro y Cine en la Universidad Católica, como también un curso de Literatura Contemporánea, en la Sorbona (Paris). De este modo su vida se desenvolvió en torno de la literatura, el cine, el teatro y la decoración. Teresa Hamel compartió la buena amistad de poetas y narradores señeros, de artistas que hicieron suyas las luchas de su pueblo y en que ella fue parte activa. Amiga de Pablo Neruda y Matilde, fue testigo directo, íntimo, de las grandes alegrías de nuestro Nobel; también de sus desgracias y de su muerte en un septiembre vivo en la memoria.
    La publicación póstuma de estas memorias recoge hechos y remembranzas de su vida.

    Obras publicadas por la autora: Negro (cuentos), 1950; El Contramaestre (cuentos), 1951; Gente Sencilla (cuentos), 1958; Raquel Devastada (cuentos), 1959; La Noche del Rebelde (novela), 1969; Verano Austral (viajes), 1979; Las Causas Ocultas (cuentos), 1980; Quien es quien (Biografía), 1981; Dadme el derecho de existir (cuentos testimoniales), 1984; Leticia de Combarbalá (novela), 1988 y Las Cien Ventanas (cuentos), 1992.
    Antologías: Su cuento Puerta del sol, en la “Antología del Cuento Chileno Moderno” de María Flora Yáñez. (Editorial del Pacífico, 1958). El cuento Forastero de si mismo fue incluido en la “Antología del cuento hispanoamericano” del crítico Ricardo Latcham (ZigZag , 1962)
    Premios: Segundo Premio Concurso Gabriela Mistral, por la novela La Noche del Rebelde ; Primer Premio Internacional Julio Cortázar (Argentina), por su obra Dadme el derecho a existir y Premio Concurso Nacional de Cuentos Revista Paula, por su cuento La Rucia Guzmán

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